La Momia, aun siendo una figura perfectamente identificable por sus características vendas de pies a cabeza, su singular movimiento carente de articulaciones y su milenario origen egipcio, quizás sea el personaje más desconocido a nivel cinematográfico de entre todos los Monstruos Clásicos de Universal. Todo comenzó con El fantasma de la ópera (Rupert Julian, 1925, con Lon Chaney), que ha sido representado en los teatros más importantes alrededor del mundo en forma de musical, gracias al compositor Andrew Lloyd Webber. Posteriormente llegó el más grande de todos los tiempos: Drácula (Tod Browning, 1931, con Bela Lugosi), que sigue teniendo cada año innumerables nuevas versiones. Frankenstein (James Whale, 1931, con Boris Karloff) no ha protagonizado tantísimas adaptaciones como el Conde de Transilvania, pero igualmente es un mito tremendamente popular. Y por último, las historias de El hombre invisible (James Whale, 1933, con Claude Rains) y El hombre lobo (George Waggner, 1941, con Lon Chaney Jr.) son fácilmente reconocidas, uno como científico problemático y el otro influenciado por las fases de la Luna. El caso de la Momia me parece diferente. La película seminal dirigida por Karl Freund en 1932 y protagonizada por el mítico Boris Karloff no está en el imaginario colectivo al mismo nivel que el resto de las mencionadas. Cuando el gran público piensa en la Momia, lo que se le viene a la cabeza es algún capítulo de dibujos animados como Scooby-Doo o la saga del matrimonio interpretado por Brendan Fraser y Rachel Weisz, más similar a las aventuras de Indiana Jones que a una película de terror. Otro dato sorprendente es que en las películas de la Familia Addams (1991, 1993) o en la serie The Munsters (1964), siendo de una temática propicia para la aparición de cualquier monstruo clásico, la Momia es un personaje prácticamente ignorado y olvidado por completo.
Unos años antes del Nosferatu (2024) de Robert Eggers o del Frankenstein (2025) de Guillermo del Toro, desde la productora Universal Pictures se intentó recuperar la gloria de tiempos pasados con el llamado Dark Universe, a imagen y semejanza de lo que hizo Marvel Studios con su UCM lleno de superhéroes, contratando grandes estrellas con la idea de revivir sus monstruos. Comenzaron con El hombre lobo (Joe Johnston, 2010) protagonizada por Benicio del Toro y Anthony Hopkins. Sin embargo, con la siguiente entrega precisamente centrada en nuestra amiga milenaria, se estrellaron: La momia (Alex Kurtzman, 2017) a pesar de contar en su reparto con Tom Cruise y Russell Crowe fue un absoluto fracaso. Intentaron reflotar el proyecto a la desesperada fichando al guionista de Saw, pero El hombre invisible (2020) de Leigh Whannell puso el punto final precipitado al Dark Universe.
Con todos estos antecedentes llegamos por fin a esta producción de Blumhouse, responsable de las taquilleras franquicias de terror Paranormal Activity, La Purga, Creep, Insidious, Sinister o Black Phone, y en el extremo opuesto a la Universal: no son clásicos, son modernos, son innovadores. Y nos presentan a La Momia de Lee Cronin. Así tal cual, con el nombre del director en el título, detalle que a algunos les resulta pretencioso: "¿Pero este tipo quién se cree que es, John Carpenter?". Lo que no se puede negar es que Cronin ha hecho suya la película. El guion escrito por él mismo se aleja por completo de la figura de Imhotep y su historia clásica de amor/venganza. Aquí la protagonista es una niña, cuya posesión es inevitable que nos recuerde por momentos a la Regan de El exorcista (William Friedkin, 1973). Otras similitudes que encontré, estas más personales y simplemente por cuestiones físicas, han sido que los hermanos me hacían pensar en Hereditary (Ari Aster, 2018) y la casa, con sus escaleras y sus falsas paredes, en los expedientes de los Warren. En cuanto al estilo de la dirección, al comienzo hay una fotografía muy meritoria con velas, y unas panorámicas impresionantes. A partir de ahí, durante sus más de 2 horas de duración, queda bastante claro cuál es su principal referente e inspiración: Sam Raimi. Algo que ya podíamos sospechar cuando se encargó de una manera tan gratificante de la secuela Evil Dead Rise (2023). Aquí lo vuelve a demostrar. Los primeros planos de los ojos y las manos, la música in crescendo provocando tensión pero cortándose abruptamente, las posesiones contagiosas, las frases antediluvianas para realizar invocaciones (son igual de efectivas si se leen en un papiro o en el Necronomicón), las maderas del suelo que se rompen, los desgarros en la piel, los vómitos... El último acto de esta Momia es 100% estéticamente la trilogía original de Evil Dead (1981-1992), y también esa joya injustamente olvidada que es Arrástrame al inferno (2009). Puede que lo que peor encaje del estilo de Raimi aquí es el humor, ya que los pocos chascarrillos que se cuelan no funcionan bien porque estamos viendo un drama familiar, no a unos adolescentes encerrados en una cabaña liderados por el carismático Bruce Campbell.
Imhotep no aparece en la historia, pero Egipto sí está muy presente. Antes de llegar a ese desenlace totalmente endemoniado, paralelamente se desarrolla una interesante investigación entre pirámides ocultas, protagonizada por una agente de policía egipcia. En estas escenas se manifiestan obvias referencias a Seven (David Fincher, 1995).
Así con todo, Lee Cronin ha conseguido alcanzar desde sus comienzos dentro del género un nivel tan alto similar a lo que mostraron sus colegas Eli Roth (Cabin Fever, 2002), Alexandre Aja (Haute tension, 2003) o Fede Álvarez (Evil Dead, 2013) en sus primeros trabajos. Pero el tiempo dirá si se merece seguir poniendo su nombre a los títulos que dirija en el futuro.














